Se encontraron después de mucho tiempo. Había un sentimiento cálido y tranquilo entre ellos, una amistad de adultos que, juntos, se quisieron y que, separados, quisieron a otros. Sin nostalgia.
Ya no recordaban -ni añoraban- el tacto del otro, ni el olor, ni la cara que ponían al despertar.
Y, de repente, de ese lugar de la memoria que no llegó a vaciarse en la mudanza, salió disparada la frase, espontánea como una sonrisa. En el idioma privado de aquellos enamorados que éstos ya no eran.
Los dos se sonrojaron.
jueves, 29 de mayo de 2008
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