miércoles, 28 de mayo de 2008

DE TRAJE Y CORBATA

A estas alturas tiene poca capacidad de compasión por lo genérico. Conserva, eso sí, cierta empatía si el dolor de los otros le roza directamente, si le mira a los ojos. Pero hace tiempo que no le conmueven las cifras de muertos por una catástrofe, las fotos de los cadáveres reventados por una bomba o los cuerpos fantasmales de la hambruna y la enfermedad.
Al mismo tiempo, es incapaz de matar una araña, le cuesta esfuerzo fumigar los piojos verdes de los rosales y envía mensualmente un donativo a una casa de acogida de animales.
Hoy paseaba por el centro de la ciudad, a la hora de la comida. Y les ha visto salir en bandada de las aparentemente prósperas oficinas. Llevan trajes oscuros, en una corta gama del azul al gris. Negro, los más atrevidos. Y llevan docenas de corbatas más parecidas entre sí de lo que cabría esperar. De su aleteo se desprende un olor de miedos, envidias, frustación, sumisión... donde ellos hubieran querido poner aroma de seguridad y fuerza.
Cuando les observa, se le encoge el corazón y mira para otro lado por miedo a echarse a llorar. No acaba de entender esa sensación. Será que le parecen cachorritos indefensos el día que su madre los abandona en el bosque, por primera vez, a su suerte. Parecen tan tristes...

2 comentarios:

Ancheta dijo...

¿No había mujeres en esta troupe? Con esos deliciosos trajes chaqueta, medias de cristal y tacones...

Nekane dijo...

Pero ellas no tienen ese aire de desamparo. ¿Cómo tenerlo sobre unos buenos tacones?