La posibilidad de haber puesto en algún momento todo el arsenal de la razón en un camino equivocado, me aterra.
Es el origen de la locura cotidiana. La que hace que la maltratada calle, que el agresor se reafirme, que la malquerida cultive esperanzas marchitas, que el sindicalista proclame soflamas trasnochadas, que el deudor se ponga en manos de créditos nuevos, que el jerifalte económico descapitalice por la rentabilidad corta... Cada decisión equivocada tiene tras de sí tanto razonamiento que la sustenta, tanto peso argumental, que acaba haciendo de la mente un agazapado y cruel enemigo.
¿Estará el primer traspiés en una mirada errónea? ¿Nos equivocamos en la detección del problema o en la forma de solucionarlo?
Recuerdo guiones perfectos de películas en las que es el espectador quien sabe la verdad y los protagonistas se equivocan contínuamente. Porque no tienen datos o porque les mienten. Y uno se enfrenta a la pantalla como se enfrentaría Dios mirando el mundo. Qué listo.
Recuerdo también una novela sublime que sembró la duda para siempre en mi vida: un personaje narra una historia, otro personaje narra la misma historia, y otro... El único parecido entre esas historias es el lugar donde ocurren, el tiempo y los hechos irreparables: la enfermedad, la muerte... Nada más, como dibujos superpuestos que forman cada vez una perspectiva diferente.
Más sencillo aún: una tarde con un compañero de trabajo contándote unas cuitas laborales, de las que tu has sido testigo mudo y en las que reconoces la paranoia. O con una amiga, en pleno desgarro amoroso señalando unas cualidades de su partenaire que sabes inexistentes. O una madre, defendiendo a un hijo que no se parece ni por asomo al que realmente cena en su mesa cada noche. Cada uno de sus discursos bien asentados en consideraciones objetivas, en observaciones presuntamente certeras, en análisis concienzudos. Y cada uno terriblemente equivocado.
¿Cuándo y cómo perdemos el control? ¿Por qué es tan fácil la ofuscación? En algún momento quizás la vida nos compense de tánto trompazo cegato con el regalo inesperado de una mente clara, que sólo se fíe de la mirada sin prejuicios.
lunes, 12 de mayo de 2008
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