Las flores de ese rosal son intensas como una pelea de ruptura o una reconciliación. De cada tallo largo surge una única rosa, granate de puro roja, muy olorosa.
Cortadas, en el jarrón, a salvo de las lluvias de primavera, languidecen mucho más lentamente que en el arbusto. Se van abriendo poco a poco y su paso de capullo a mariposa estática es más fácil de contemplar.
Maduran. Y huelen con una enorme pureza. Envejecen. Y, mientras dejan caer pétalos ennegrecidos sobre la mesa, siguen oliendo cada vez con más profundidad. El último aliento del capullo seco sigue manteniendo su aroma esencial.
Entre los desperdicios, descartadas ya para el disfrute estético, todavía derrochan un perfume generoso, una pequeña muestra de orgullo en el cubo de la basura.
lunes, 2 de junio de 2008
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1 comentario:
Precioso. ¡Y bien cierto!
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