jueves, 29 de mayo de 2008

UN IDIOMA NUNCA SE OLVIDA

Se encontraron después de mucho tiempo. Había un sentimiento cálido y tranquilo entre ellos, una amistad de adultos que, juntos, se quisieron y que, separados, quisieron a otros. Sin nostalgia.
Ya no recordaban -ni añoraban- el tacto del otro, ni el olor, ni la cara que ponían al despertar.
Y, de repente, de ese lugar de la memoria que no llegó a vaciarse en la mudanza, salió disparada la frase, espontánea como una sonrisa. En el idioma privado de aquellos enamorados que éstos ya no eran.
Los dos se sonrojaron.

miércoles, 28 de mayo de 2008

DE TRAJE Y CORBATA

A estas alturas tiene poca capacidad de compasión por lo genérico. Conserva, eso sí, cierta empatía si el dolor de los otros le roza directamente, si le mira a los ojos. Pero hace tiempo que no le conmueven las cifras de muertos por una catástrofe, las fotos de los cadáveres reventados por una bomba o los cuerpos fantasmales de la hambruna y la enfermedad.
Al mismo tiempo, es incapaz de matar una araña, le cuesta esfuerzo fumigar los piojos verdes de los rosales y envía mensualmente un donativo a una casa de acogida de animales.
Hoy paseaba por el centro de la ciudad, a la hora de la comida. Y les ha visto salir en bandada de las aparentemente prósperas oficinas. Llevan trajes oscuros, en una corta gama del azul al gris. Negro, los más atrevidos. Y llevan docenas de corbatas más parecidas entre sí de lo que cabría esperar. De su aleteo se desprende un olor de miedos, envidias, frustación, sumisión... donde ellos hubieran querido poner aroma de seguridad y fuerza.
Cuando les observa, se le encoge el corazón y mira para otro lado por miedo a echarse a llorar. No acaba de entender esa sensación. Será que le parecen cachorritos indefensos el día que su madre los abandona en el bosque, por primera vez, a su suerte. Parecen tan tristes...

domingo, 18 de mayo de 2008

EL MASAJE TAI

Fui a que me dieran un mansaje Tailandés. Recordaba aún el último. Pero, en un residuo de ingenuidad que aún conservo, pensé que mi memoria me engañaba o que quizás el anterior no había sido del todo bueno. Craso error.

El entorno es delicado, tenue, oloroso... Las masajistas son dulcísimas tailandesas, sonrientes, con una tendencia a la reverencia que parece nacerles de forma natural de las lumbares...

Hablan muy poco. Pero me temo que la razón no es tanto la discreción oriental, como que no tienen ni pajolera idea de castellano. Eso provoca la primera contradicción. Han aprendido las frases necesarias y las sueltan de una forma sorprendentemente autoritaria: "Ven", "Sienta", "Tumba boca arriba", "Vuelta". Y una... obedece sin chistar, a pesar de que le consta que va a pagar el doble de lo que le costaría un masaje menos exótico.

La jovencita asiática a la que me atribuyeron sin misericordia, saca los pies del pijamita siempre demasiado grande que me ha "invitado" a ponerme. Y comienza un delicioso masajeo en los pies, en esas zonas lejanas en las que se supone que están reflejados nuestros arcanos órganos internos. Hasta que, sin previo aviso, estira los dedos entumecidos de un invierno de botas y botines y oigo unas sucesión de crujidos poco tranquilizadores. Dios santo ¡salen de mis huesos!

Es sólo el principio de una sucesión de ruiditos secos que consiguen sacarme cada muy poco tiempo del adormecimiento de la música chillout. Masajea todo el cuerpo con precisión matemática y con la fuerza de una apisonadora de rodillo. De reojo, y con mucho tiento para no merecer otro tajante "Tumba", miro las delicadas manitas de la tailandesa. ¿De dónde saca esa potencia de terminator? Respuesta: de los codos, de los pies, de los antebrazos, de su propia espalda.

Es sólo el principio. Al otro lado de la espléndida cortina, dorada y granate, oigo un "zop, zop, zop, zop" y constato que no estoy sóla en este purgatorio. Pero no me consuela, porque también oigo varios tímidos "ays" como consecuencia.

Imposible saber cuánto tiempo ha pasado en el reino del placer y el dolor, en esta almendra de un sadomasoquismo creo que aún poco estudiado. Ella me incorpora, me hace poner las manos en la nuca, se pone detrás de mí y pega un tirón sin previo aviso que hace que mi columna vertebral se dispare. Para recuperarme del susto la chica se ríe de mis ruiditos y los imita: "Clac, clac, clac, clac... ja, ja, ja"

Después de una hora, dice sólo "Ya". Y se va. Me visto muy lentamente, como zumbada, porque me da miedo dar un tropezón con el tatami y romper esa atmósfera tan silenciosa y tan elegantemente oriental. Me entrega los zapatos junto con un te humeante con el que -para completar el cuadro- me quemo la lengua. Y me despide con una sonrisa y una reverencia tan ceremonial como la que me dedicó al recibirme. Pero esta vez me llega como un flash una imagen de alguna vieja película de Fumanchú, de sutiles torturadoras chinas, de botas malayas y gota a gota en el cerebro. Y, claro, le doy propina.

Cuando salgo del local y vuelvo a ver el mar, me siento cargada de energía y de bienestar. Quién no, después de haber sobrevivido a las garras de esas dulces muchachitas.

(No seais tímidos/as. Si quereis la dirección, pedídmela. Todos tenemos un masoca en lo profundo)

miércoles, 14 de mayo de 2008

LA CAMA

Hacía años que vivía sóla. Sus relaciones, o eran esporádicas, o a una distancia prudente. No obstante, cuando tuvo que cambiar de cama, compró la más grande que cupiera en su dormitorio. Cuando tenía compañía, le cedía el lado izquierdo. Cuando estaba sóla, seguía durmiendo casi arrinconada en el lado derecho.
Hace una semana descubrió lo bien que se duerme en el medio.

martes, 13 de mayo de 2008

DESPECHO

Meses, años, sin escribir una línea... y, ahora, en plena incontinencia verbal.
Creo que se trata de puro despecho. Una reacción ante quien no me oye, no quiere escuchar y, peor aún, no entiende lo que digo. No es una buena razón para empezar a escribir, la mala baba puede rezumar por cualquier esquina y francamente ¿puede resultar eso terapéutico? ¿O sólo venenoso?
Quizás sólo escribo ahora porque escuché un haiku: "Lluvias de primavera, pobre de aquel que no escribe". Y yo abrí un blog, por si acaso.

lunes, 12 de mayo de 2008

MENTE CLARA

La posibilidad de haber puesto en algún momento todo el arsenal de la razón en un camino equivocado, me aterra.

Es el origen de la locura cotidiana. La que hace que la maltratada calle, que el agresor se reafirme, que la malquerida cultive esperanzas marchitas, que el sindicalista proclame soflamas trasnochadas, que el deudor se ponga en manos de créditos nuevos, que el jerifalte económico descapitalice por la rentabilidad corta... Cada decisión equivocada tiene tras de sí tanto razonamiento que la sustenta, tanto peso argumental, que acaba haciendo de la mente un agazapado y cruel enemigo.

¿Estará el primer traspiés en una mirada errónea? ¿Nos equivocamos en la detección del problema o en la forma de solucionarlo?

Recuerdo guiones perfectos de películas en las que es el espectador quien sabe la verdad y los protagonistas se equivocan contínuamente. Porque no tienen datos o porque les mienten. Y uno se enfrenta a la pantalla como se enfrentaría Dios mirando el mundo. Qué listo.

Recuerdo también una novela sublime que sembró la duda para siempre en mi vida: un personaje narra una historia, otro personaje narra la misma historia, y otro... El único parecido entre esas historias es el lugar donde ocurren, el tiempo y los hechos irreparables: la enfermedad, la muerte... Nada más, como dibujos superpuestos que forman cada vez una perspectiva diferente.

Más sencillo aún: una tarde con un compañero de trabajo contándote unas cuitas laborales, de las que tu has sido testigo mudo y en las que reconoces la paranoia. O con una amiga, en pleno desgarro amoroso señalando unas cualidades de su partenaire que sabes inexistentes. O una madre, defendiendo a un hijo que no se parece ni por asomo al que realmente cena en su mesa cada noche. Cada uno de sus discursos bien asentados en consideraciones objetivas, en observaciones presuntamente certeras, en análisis concienzudos. Y cada uno terriblemente equivocado.

¿Cuándo y cómo perdemos el control? ¿Por qué es tan fácil la ofuscación? En algún momento quizás la vida nos compense de tánto trompazo cegato con el regalo inesperado de una mente clara, que sólo se fíe de la mirada sin prejuicios.

CORAZÓN TIERNO

El corazón se ha acorchado con los años. Demasiadas salidas a la intemperie han secado sus bordes y han oscurecido su color. No es un mal pasajero. Parece, simplemente, irreversible. Los especialistas, sin embargo, nunca se arriesgan a hacer pronósticos definitivos: bajo la capa exterior apergaminada, de grosor indefinido, late el mismo órgano que un día se formó en directo contacto con el líquido amniótico.

Alimentándolo, de alguna manera que aún ignoro, dicen que crece por dentro, blando, fresco, rubí. Y dicen que acaba por romper la corteza seca de los años al viento y la tormenta. Y asoma como un animal recién nacido desde la grieta para sembrar el aire de un olor a sangre nueva. Le garantizo posibilidades de supervivencia. A malos tiempos, una retracción sencilla lo vuelve a colocar en su lecho protegido, ronroneando, casi roncando placenteramente a la espera de un momento favorable. La llamada de un rayo de sol cálido es suficiente para desperezarlo. Una sucesión de entradas y salidas consiguen "ponerlo en forma". Después de todo no deja de ser un músculo, proclive al entrenamiento.

Cabe esperar, sólo, que este viejo-nuevo corazón-paloma, no equivoque las estrellas por rocío, ni la calor por nevada.