Cuando coloca, como todos los días de limpieza, los dos gatitos de lapislázuli en la posición correcta: tocándose ligeramente y alineados, reconoce que su día a día está lleno de manías. Vive sóla y eso no es nada extraño, es un inevitable cumplimiento del tópico. Los solitarios -dicen- son maniáticos. Lo aseguran, y casi siempre con un ligero tono de irritación, quién sabe si envidia, quienes viven lo cotidiano "en familia".
Tienen ellos reglas tácitas o expresas de horarios, calendarios, cumpleaños y fiestas de colegio. Sufren las llamadas del "no voy a comer", "qué hay de cena" o "cuándo hay que ir a casa de tu hermana". Anclajes pesados como cadenas pero que enganchan a la vida.
Ellos, los otros, los solitarios y ya misántropos, necesitan más que nada esas rutinas que nadie -salvo ellos mismos- impone. Para no tener del todo esa sensación de que flotan en el éter.
viernes, 21 de noviembre de 2008
martes, 3 de junio de 2008
PAREJITAS
Parto de la base de que soy de las que, a la menor duda, compro unos zapatos si la vendedora me sonríe. Es decir, soy bastante sensible a las actitudes del "personal de servicios". Por eso sufro tanto cuando me toca enfrentarme a "las parejitas".
Parejita A: las cajeras del hiper.
Una de ellas está excesivamente pintada, la otra es como un ratoncito gordo y tímido. Ambas, como yo misma, inclementemente tratadas por la luz de neón verdoso de la tienda. La pintada es la que me atiende a mí. Pasa por la caja varios precios rápidamente y, cada tánto, se vuelve hacia atrás para charlar con el patito feo, ralentizando sin pudor el resto de la operación: "Y la dije que, porque no iba yo caliente, que si no la arreo un tortazo que no la reconocen en su casa". El objeto de sus furores pasan a ser, en ese momento, dos botellas de Chardonnay navarro que bajan por la rampilla de la caja como si pretendiera que acabaran en la cabeza de alguien. (Me pregunto en ese momento si, una vez leído el código de barras, el coste de rotura de las botellas correría a mi cargo).
Termina, por fin, el paso por caja, a trompicones, de mi compra. Me suelta con la mano izquierda un burruño de bolsas de plástico de esas que no se despegan ni a la de tres. Y me lanza una mirada que yo interpreto como "Anda, bonita, espabila que mira como tengo la fila" . Pero no me ayuda a empaquetar. Se vuelve hacia su triste y eficiente compañera: "El Luis se puso como un tomate. Que se vaya enterando, que yo ya soy muy larga pá que me los pongan delante de mis narices". Y da golpecitos con el boli, encima de la cuenta y la tarjeta de crédito.
Porque no iba yo caliente que, si no, le hubiera dicho algo.
Parejita B: las peluqueras.
Tengo la cabeza llena de papelitos de plata de los que penden mechones de mi pelo que, a estás alturas, no recuperará nunca su color natural. En estas ocasiones abomino de los decoradores de peluquería en cadena que se empeñan en abrir estas denigrantes manipulaciones a la vista del público a través de enormes escaparates. Cuando la peluquera me permite ponerme las gafas, entre crujidos de papel albal, me enfrento a un Diez Minutos de la semana pasada, en el que las declaraciones de uno ya están ampliamente superadas por la respuesta de la otra en el número de esta semana, y a la colección otoño-invierno del 2006 de un Vogue despaginado.
La peluquera lista lleva pelo rojo -cómo no- y un flequillo de un sólo mechón que le baila en la nariz. Es la que pone el tinte con una brochita, con la precisión de una máquina. La meritoria lista aún lleva sólo grandes mechas rojas y el pelo como disparado hacia arriba. (Si hubiera sido por la muestra, jamás hubiera entrado en este nido de estilistas). "Pero si tenía cuatro pelos, cómo le iba a hacer un recogido para peineta. Le subí la parte de delante con lo que pude y le planté esa flor tan hortera detrás". "Pues anda que la novia, venirse aquí a que le arregláramos el tinte casero. Hay que ser cutre. Sólo había que ver la bandeja de pasteles del Ahorra Más que nos trajo para celebrarlo". En medio de la conversación, sin previo aviso, la peluquera lista mira el reloj y dice que se va a comer mientras delega el pincel en la meritoria que, ruego al cielo, sea tan lista como me pareció al principio.
Por la tarde, la siguiente clienta-paciente sabrá sin duda que tengo una pequeña calva al lado de la coronilla, un remolino al lado del flequillo y mis propinas son una ofensa.
Parejita C: las/os azafatas/os
El vuelo sale, gracias al retraso, a esa hora incómoda en la que es demasiado pronto para comer y demasiado tarde para evitar una sensación de hambre voraz. Hay un menú en el bolsillo del asiento y todo me parece demasiado caro pero demasiado apetitoso también. En particular, un bocadillo de aspecto crujiente con gruesas lonchas de jamón cocido y queso emmental desparramándose por los bordes. Adjudicado. Y espero, con la impaciencia que dan las inmensas ganas de llenar el estómago, a que pase el carrito.
El avión es pequeño e incómodo, estoy segura de que hay poca gente dispuesta a dejarse la fortuna en apresurados almuerzos aéreos... pero tardan una eternidad en llegar hasta mi puesto. Ella lleva un moñito muy atildado y unos labios recién "colagenados", no cumplirá los 35 (y no precisamente porque crea que el avión va a estrellarse). Él no ha cumplido los 30. Es un poco amanerado. Muestra con cierta altivez un corte de pelo y una cara recien afeitada que le dan un aspecto impecable.
Llevan tánto tiempo preparando el zumo de tomate de la del asiento de delante que ya me siento familiarizada con sus avatares laborales. "Bruselas es un horror. Acabé hartísima de "moules" y cerveza. Y ¿qué me dices de los eurodiputados? Todo el día apagándoles los móviles, los portátiles, las PDA como si fuera un congreso de informática". "Hice Sao Paulo en febrero. Mes y medio. Brasil es lo más". "Uy, sí, pero cansa. Yo prefiero Jamaica".
Han llegado por fin a mi fila. Pido sonriente mi bocadillo intentando controlar la impaciencia. "Sólo tenemos sandwiches de queso". Oh, no. "¿Marco, puedes traerme uno de queso?" Y lo trae, envuelto en plástico, con aspecto húmedo. La cerveza también tiene que traerla Marco de la trastienda. Están ofendidísimos conmigo por interrumpir su conversación.
Cuando el carrito ha llegado al final, apenas he conseguido desenvolver mi penosa comida, pero ya me he salpicado al abrir la lata de cerveza. Anuncian que el avión va a aterrizar y ya todo son prisas para Marco y la veterana. Me arrebatan la lata casi llena. Y, sin pensarlo, estiro la pierna izquierda hacia el pasillo. La caída aparatosa de la azafata sobresalta -y divierte- al pasaje. Su moñito sobresale en el suelo del pasillo. Marco la ayuda a levantarse aguantando la risa.
Me temo que esto va a ser una ruptura en toda regla de una "parejita".
Parejita A: las cajeras del hiper.
Una de ellas está excesivamente pintada, la otra es como un ratoncito gordo y tímido. Ambas, como yo misma, inclementemente tratadas por la luz de neón verdoso de la tienda. La pintada es la que me atiende a mí. Pasa por la caja varios precios rápidamente y, cada tánto, se vuelve hacia atrás para charlar con el patito feo, ralentizando sin pudor el resto de la operación: "Y la dije que, porque no iba yo caliente, que si no la arreo un tortazo que no la reconocen en su casa". El objeto de sus furores pasan a ser, en ese momento, dos botellas de Chardonnay navarro que bajan por la rampilla de la caja como si pretendiera que acabaran en la cabeza de alguien. (Me pregunto en ese momento si, una vez leído el código de barras, el coste de rotura de las botellas correría a mi cargo).
Termina, por fin, el paso por caja, a trompicones, de mi compra. Me suelta con la mano izquierda un burruño de bolsas de plástico de esas que no se despegan ni a la de tres. Y me lanza una mirada que yo interpreto como "Anda, bonita, espabila que mira como tengo la fila" . Pero no me ayuda a empaquetar. Se vuelve hacia su triste y eficiente compañera: "El Luis se puso como un tomate. Que se vaya enterando, que yo ya soy muy larga pá que me los pongan delante de mis narices". Y da golpecitos con el boli, encima de la cuenta y la tarjeta de crédito.
Porque no iba yo caliente que, si no, le hubiera dicho algo.
Parejita B: las peluqueras.
Tengo la cabeza llena de papelitos de plata de los que penden mechones de mi pelo que, a estás alturas, no recuperará nunca su color natural. En estas ocasiones abomino de los decoradores de peluquería en cadena que se empeñan en abrir estas denigrantes manipulaciones a la vista del público a través de enormes escaparates. Cuando la peluquera me permite ponerme las gafas, entre crujidos de papel albal, me enfrento a un Diez Minutos de la semana pasada, en el que las declaraciones de uno ya están ampliamente superadas por la respuesta de la otra en el número de esta semana, y a la colección otoño-invierno del 2006 de un Vogue despaginado.
La peluquera lista lleva pelo rojo -cómo no- y un flequillo de un sólo mechón que le baila en la nariz. Es la que pone el tinte con una brochita, con la precisión de una máquina. La meritoria lista aún lleva sólo grandes mechas rojas y el pelo como disparado hacia arriba. (Si hubiera sido por la muestra, jamás hubiera entrado en este nido de estilistas). "Pero si tenía cuatro pelos, cómo le iba a hacer un recogido para peineta. Le subí la parte de delante con lo que pude y le planté esa flor tan hortera detrás". "Pues anda que la novia, venirse aquí a que le arregláramos el tinte casero. Hay que ser cutre. Sólo había que ver la bandeja de pasteles del Ahorra Más que nos trajo para celebrarlo". En medio de la conversación, sin previo aviso, la peluquera lista mira el reloj y dice que se va a comer mientras delega el pincel en la meritoria que, ruego al cielo, sea tan lista como me pareció al principio.
Por la tarde, la siguiente clienta-paciente sabrá sin duda que tengo una pequeña calva al lado de la coronilla, un remolino al lado del flequillo y mis propinas son una ofensa.
Parejita C: las/os azafatas/os
El vuelo sale, gracias al retraso, a esa hora incómoda en la que es demasiado pronto para comer y demasiado tarde para evitar una sensación de hambre voraz. Hay un menú en el bolsillo del asiento y todo me parece demasiado caro pero demasiado apetitoso también. En particular, un bocadillo de aspecto crujiente con gruesas lonchas de jamón cocido y queso emmental desparramándose por los bordes. Adjudicado. Y espero, con la impaciencia que dan las inmensas ganas de llenar el estómago, a que pase el carrito.
El avión es pequeño e incómodo, estoy segura de que hay poca gente dispuesta a dejarse la fortuna en apresurados almuerzos aéreos... pero tardan una eternidad en llegar hasta mi puesto. Ella lleva un moñito muy atildado y unos labios recién "colagenados", no cumplirá los 35 (y no precisamente porque crea que el avión va a estrellarse). Él no ha cumplido los 30. Es un poco amanerado. Muestra con cierta altivez un corte de pelo y una cara recien afeitada que le dan un aspecto impecable.
Llevan tánto tiempo preparando el zumo de tomate de la del asiento de delante que ya me siento familiarizada con sus avatares laborales. "Bruselas es un horror. Acabé hartísima de "moules" y cerveza. Y ¿qué me dices de los eurodiputados? Todo el día apagándoles los móviles, los portátiles, las PDA como si fuera un congreso de informática". "Hice Sao Paulo en febrero. Mes y medio. Brasil es lo más". "Uy, sí, pero cansa. Yo prefiero Jamaica".
Han llegado por fin a mi fila. Pido sonriente mi bocadillo intentando controlar la impaciencia. "Sólo tenemos sandwiches de queso". Oh, no. "¿Marco, puedes traerme uno de queso?" Y lo trae, envuelto en plástico, con aspecto húmedo. La cerveza también tiene que traerla Marco de la trastienda. Están ofendidísimos conmigo por interrumpir su conversación.
Cuando el carrito ha llegado al final, apenas he conseguido desenvolver mi penosa comida, pero ya me he salpicado al abrir la lata de cerveza. Anuncian que el avión va a aterrizar y ya todo son prisas para Marco y la veterana. Me arrebatan la lata casi llena. Y, sin pensarlo, estiro la pierna izquierda hacia el pasillo. La caída aparatosa de la azafata sobresalta -y divierte- al pasaje. Su moñito sobresale en el suelo del pasillo. Marco la ayuda a levantarse aguantando la risa.
Me temo que esto va a ser una ruptura en toda regla de una "parejita".
lunes, 2 de junio de 2008
FILOSOFÍA FLORAL 2
El arbusto crece mucho y multiplica las margaritas. Flores amarillas y hojas muy verdes. Es como un tópico primaveral. Hay que podarlas muy a menudo, para que siga floreciendo y para que las partes secas no le marchiten ese aspecto de frescura contínua.
Los tallos son muy finos y las flores secas se pueden cortar de cuatro en cuatro, o incluso en manojos más numerosos. Pero, en esa poda tan pretendidamente técnica, acaban cayendo algunos capullitos a punto de estallar o alguna flor en pleno esplendor. Pobres víctimas de la torpeza del jardinero. Daños colaterales.
¿Pensaría eso el Dios del Antiguo Testamento cuando lanzaba sus plagas sobre los pueblos no elegidos?
¿Piensan en eso los de los tanques, los de las bombas, los de los misiles?
Daños colaterales.
Los tallos son muy finos y las flores secas se pueden cortar de cuatro en cuatro, o incluso en manojos más numerosos. Pero, en esa poda tan pretendidamente técnica, acaban cayendo algunos capullitos a punto de estallar o alguna flor en pleno esplendor. Pobres víctimas de la torpeza del jardinero. Daños colaterales.
¿Pensaría eso el Dios del Antiguo Testamento cuando lanzaba sus plagas sobre los pueblos no elegidos?
¿Piensan en eso los de los tanques, los de las bombas, los de los misiles?
Daños colaterales.
FILOSOFÍA FLORAL 1
Las flores de ese rosal son intensas como una pelea de ruptura o una reconciliación. De cada tallo largo surge una única rosa, granate de puro roja, muy olorosa.
Cortadas, en el jarrón, a salvo de las lluvias de primavera, languidecen mucho más lentamente que en el arbusto. Se van abriendo poco a poco y su paso de capullo a mariposa estática es más fácil de contemplar.
Maduran. Y huelen con una enorme pureza. Envejecen. Y, mientras dejan caer pétalos ennegrecidos sobre la mesa, siguen oliendo cada vez con más profundidad. El último aliento del capullo seco sigue manteniendo su aroma esencial.
Entre los desperdicios, descartadas ya para el disfrute estético, todavía derrochan un perfume generoso, una pequeña muestra de orgullo en el cubo de la basura.
Cortadas, en el jarrón, a salvo de las lluvias de primavera, languidecen mucho más lentamente que en el arbusto. Se van abriendo poco a poco y su paso de capullo a mariposa estática es más fácil de contemplar.
Maduran. Y huelen con una enorme pureza. Envejecen. Y, mientras dejan caer pétalos ennegrecidos sobre la mesa, siguen oliendo cada vez con más profundidad. El último aliento del capullo seco sigue manteniendo su aroma esencial.
Entre los desperdicios, descartadas ya para el disfrute estético, todavía derrochan un perfume generoso, una pequeña muestra de orgullo en el cubo de la basura.
jueves, 29 de mayo de 2008
UN IDIOMA NUNCA SE OLVIDA
Se encontraron después de mucho tiempo. Había un sentimiento cálido y tranquilo entre ellos, una amistad de adultos que, juntos, se quisieron y que, separados, quisieron a otros. Sin nostalgia.
Ya no recordaban -ni añoraban- el tacto del otro, ni el olor, ni la cara que ponían al despertar.
Y, de repente, de ese lugar de la memoria que no llegó a vaciarse en la mudanza, salió disparada la frase, espontánea como una sonrisa. En el idioma privado de aquellos enamorados que éstos ya no eran.
Los dos se sonrojaron.
Ya no recordaban -ni añoraban- el tacto del otro, ni el olor, ni la cara que ponían al despertar.
Y, de repente, de ese lugar de la memoria que no llegó a vaciarse en la mudanza, salió disparada la frase, espontánea como una sonrisa. En el idioma privado de aquellos enamorados que éstos ya no eran.
Los dos se sonrojaron.
miércoles, 28 de mayo de 2008
DE TRAJE Y CORBATA
A estas alturas tiene poca capacidad de compasión por lo genérico. Conserva, eso sí, cierta empatía si el dolor de los otros le roza directamente, si le mira a los ojos. Pero hace tiempo que no le conmueven las cifras de muertos por una catástrofe, las fotos de los cadáveres reventados por una bomba o los cuerpos fantasmales de la hambruna y la enfermedad.
Al mismo tiempo, es incapaz de matar una araña, le cuesta esfuerzo fumigar los piojos verdes de los rosales y envía mensualmente un donativo a una casa de acogida de animales.
Hoy paseaba por el centro de la ciudad, a la hora de la comida. Y les ha visto salir en bandada de las aparentemente prósperas oficinas. Llevan trajes oscuros, en una corta gama del azul al gris. Negro, los más atrevidos. Y llevan docenas de corbatas más parecidas entre sí de lo que cabría esperar. De su aleteo se desprende un olor de miedos, envidias, frustación, sumisión... donde ellos hubieran querido poner aroma de seguridad y fuerza.
Cuando les observa, se le encoge el corazón y mira para otro lado por miedo a echarse a llorar. No acaba de entender esa sensación. Será que le parecen cachorritos indefensos el día que su madre los abandona en el bosque, por primera vez, a su suerte. Parecen tan tristes...
Al mismo tiempo, es incapaz de matar una araña, le cuesta esfuerzo fumigar los piojos verdes de los rosales y envía mensualmente un donativo a una casa de acogida de animales.
Hoy paseaba por el centro de la ciudad, a la hora de la comida. Y les ha visto salir en bandada de las aparentemente prósperas oficinas. Llevan trajes oscuros, en una corta gama del azul al gris. Negro, los más atrevidos. Y llevan docenas de corbatas más parecidas entre sí de lo que cabría esperar. De su aleteo se desprende un olor de miedos, envidias, frustación, sumisión... donde ellos hubieran querido poner aroma de seguridad y fuerza.
Cuando les observa, se le encoge el corazón y mira para otro lado por miedo a echarse a llorar. No acaba de entender esa sensación. Será que le parecen cachorritos indefensos el día que su madre los abandona en el bosque, por primera vez, a su suerte. Parecen tan tristes...
domingo, 18 de mayo de 2008
EL MASAJE TAI
Fui a que me dieran un mansaje Tailandés. Recordaba aún el último. Pero, en un residuo de ingenuidad que aún conservo, pensé que mi memoria me engañaba o que quizás el anterior no había sido del todo bueno. Craso error.
El entorno es delicado, tenue, oloroso... Las masajistas son dulcísimas tailandesas, sonrientes, con una tendencia a la reverencia que parece nacerles de forma natural de las lumbares...
Hablan muy poco. Pero me temo que la razón no es tanto la discreción oriental, como que no tienen ni pajolera idea de castellano. Eso provoca la primera contradicción. Han aprendido las frases necesarias y las sueltan de una forma sorprendentemente autoritaria: "Ven", "Sienta", "Tumba boca arriba", "Vuelta". Y una... obedece sin chistar, a pesar de que le consta que va a pagar el doble de lo que le costaría un masaje menos exótico.
La jovencita asiática a la que me atribuyeron sin misericordia, saca los pies del pijamita siempre demasiado grande que me ha "invitado" a ponerme. Y comienza un delicioso masajeo en los pies, en esas zonas lejanas en las que se supone que están reflejados nuestros arcanos órganos internos. Hasta que, sin previo aviso, estira los dedos entumecidos de un invierno de botas y botines y oigo unas sucesión de crujidos poco tranquilizadores. Dios santo ¡salen de mis huesos!
Es sólo el principio de una sucesión de ruiditos secos que consiguen sacarme cada muy poco tiempo del adormecimiento de la música chillout. Masajea todo el cuerpo con precisión matemática y con la fuerza de una apisonadora de rodillo. De reojo, y con mucho tiento para no merecer otro tajante "Tumba", miro las delicadas manitas de la tailandesa. ¿De dónde saca esa potencia de terminator? Respuesta: de los codos, de los pies, de los antebrazos, de su propia espalda.
Es sólo el principio. Al otro lado de la espléndida cortina, dorada y granate, oigo un "zop, zop, zop, zop" y constato que no estoy sóla en este purgatorio. Pero no me consuela, porque también oigo varios tímidos "ays" como consecuencia.
Imposible saber cuánto tiempo ha pasado en el reino del placer y el dolor, en esta almendra de un sadomasoquismo creo que aún poco estudiado. Ella me incorpora, me hace poner las manos en la nuca, se pone detrás de mí y pega un tirón sin previo aviso que hace que mi columna vertebral se dispare. Para recuperarme del susto la chica se ríe de mis ruiditos y los imita: "Clac, clac, clac, clac... ja, ja, ja"
Después de una hora, dice sólo "Ya". Y se va. Me visto muy lentamente, como zumbada, porque me da miedo dar un tropezón con el tatami y romper esa atmósfera tan silenciosa y tan elegantemente oriental. Me entrega los zapatos junto con un te humeante con el que -para completar el cuadro- me quemo la lengua. Y me despide con una sonrisa y una reverencia tan ceremonial como la que me dedicó al recibirme. Pero esta vez me llega como un flash una imagen de alguna vieja película de Fumanchú, de sutiles torturadoras chinas, de botas malayas y gota a gota en el cerebro. Y, claro, le doy propina.
Cuando salgo del local y vuelvo a ver el mar, me siento cargada de energía y de bienestar. Quién no, después de haber sobrevivido a las garras de esas dulces muchachitas.
(No seais tímidos/as. Si quereis la dirección, pedídmela. Todos tenemos un masoca en lo profundo)
El entorno es delicado, tenue, oloroso... Las masajistas son dulcísimas tailandesas, sonrientes, con una tendencia a la reverencia que parece nacerles de forma natural de las lumbares...
Hablan muy poco. Pero me temo que la razón no es tanto la discreción oriental, como que no tienen ni pajolera idea de castellano. Eso provoca la primera contradicción. Han aprendido las frases necesarias y las sueltan de una forma sorprendentemente autoritaria: "Ven", "Sienta", "Tumba boca arriba", "Vuelta". Y una... obedece sin chistar, a pesar de que le consta que va a pagar el doble de lo que le costaría un masaje menos exótico.
La jovencita asiática a la que me atribuyeron sin misericordia, saca los pies del pijamita siempre demasiado grande que me ha "invitado" a ponerme. Y comienza un delicioso masajeo en los pies, en esas zonas lejanas en las que se supone que están reflejados nuestros arcanos órganos internos. Hasta que, sin previo aviso, estira los dedos entumecidos de un invierno de botas y botines y oigo unas sucesión de crujidos poco tranquilizadores. Dios santo ¡salen de mis huesos!
Es sólo el principio de una sucesión de ruiditos secos que consiguen sacarme cada muy poco tiempo del adormecimiento de la música chillout. Masajea todo el cuerpo con precisión matemática y con la fuerza de una apisonadora de rodillo. De reojo, y con mucho tiento para no merecer otro tajante "Tumba", miro las delicadas manitas de la tailandesa. ¿De dónde saca esa potencia de terminator? Respuesta: de los codos, de los pies, de los antebrazos, de su propia espalda.
Es sólo el principio. Al otro lado de la espléndida cortina, dorada y granate, oigo un "zop, zop, zop, zop" y constato que no estoy sóla en este purgatorio. Pero no me consuela, porque también oigo varios tímidos "ays" como consecuencia.
Imposible saber cuánto tiempo ha pasado en el reino del placer y el dolor, en esta almendra de un sadomasoquismo creo que aún poco estudiado. Ella me incorpora, me hace poner las manos en la nuca, se pone detrás de mí y pega un tirón sin previo aviso que hace que mi columna vertebral se dispare. Para recuperarme del susto la chica se ríe de mis ruiditos y los imita: "Clac, clac, clac, clac... ja, ja, ja"
Después de una hora, dice sólo "Ya". Y se va. Me visto muy lentamente, como zumbada, porque me da miedo dar un tropezón con el tatami y romper esa atmósfera tan silenciosa y tan elegantemente oriental. Me entrega los zapatos junto con un te humeante con el que -para completar el cuadro- me quemo la lengua. Y me despide con una sonrisa y una reverencia tan ceremonial como la que me dedicó al recibirme. Pero esta vez me llega como un flash una imagen de alguna vieja película de Fumanchú, de sutiles torturadoras chinas, de botas malayas y gota a gota en el cerebro. Y, claro, le doy propina.
Cuando salgo del local y vuelvo a ver el mar, me siento cargada de energía y de bienestar. Quién no, después de haber sobrevivido a las garras de esas dulces muchachitas.
(No seais tímidos/as. Si quereis la dirección, pedídmela. Todos tenemos un masoca en lo profundo)
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