domingo, 18 de mayo de 2008

EL MASAJE TAI

Fui a que me dieran un mansaje Tailandés. Recordaba aún el último. Pero, en un residuo de ingenuidad que aún conservo, pensé que mi memoria me engañaba o que quizás el anterior no había sido del todo bueno. Craso error.

El entorno es delicado, tenue, oloroso... Las masajistas son dulcísimas tailandesas, sonrientes, con una tendencia a la reverencia que parece nacerles de forma natural de las lumbares...

Hablan muy poco. Pero me temo que la razón no es tanto la discreción oriental, como que no tienen ni pajolera idea de castellano. Eso provoca la primera contradicción. Han aprendido las frases necesarias y las sueltan de una forma sorprendentemente autoritaria: "Ven", "Sienta", "Tumba boca arriba", "Vuelta". Y una... obedece sin chistar, a pesar de que le consta que va a pagar el doble de lo que le costaría un masaje menos exótico.

La jovencita asiática a la que me atribuyeron sin misericordia, saca los pies del pijamita siempre demasiado grande que me ha "invitado" a ponerme. Y comienza un delicioso masajeo en los pies, en esas zonas lejanas en las que se supone que están reflejados nuestros arcanos órganos internos. Hasta que, sin previo aviso, estira los dedos entumecidos de un invierno de botas y botines y oigo unas sucesión de crujidos poco tranquilizadores. Dios santo ¡salen de mis huesos!

Es sólo el principio de una sucesión de ruiditos secos que consiguen sacarme cada muy poco tiempo del adormecimiento de la música chillout. Masajea todo el cuerpo con precisión matemática y con la fuerza de una apisonadora de rodillo. De reojo, y con mucho tiento para no merecer otro tajante "Tumba", miro las delicadas manitas de la tailandesa. ¿De dónde saca esa potencia de terminator? Respuesta: de los codos, de los pies, de los antebrazos, de su propia espalda.

Es sólo el principio. Al otro lado de la espléndida cortina, dorada y granate, oigo un "zop, zop, zop, zop" y constato que no estoy sóla en este purgatorio. Pero no me consuela, porque también oigo varios tímidos "ays" como consecuencia.

Imposible saber cuánto tiempo ha pasado en el reino del placer y el dolor, en esta almendra de un sadomasoquismo creo que aún poco estudiado. Ella me incorpora, me hace poner las manos en la nuca, se pone detrás de mí y pega un tirón sin previo aviso que hace que mi columna vertebral se dispare. Para recuperarme del susto la chica se ríe de mis ruiditos y los imita: "Clac, clac, clac, clac... ja, ja, ja"

Después de una hora, dice sólo "Ya". Y se va. Me visto muy lentamente, como zumbada, porque me da miedo dar un tropezón con el tatami y romper esa atmósfera tan silenciosa y tan elegantemente oriental. Me entrega los zapatos junto con un te humeante con el que -para completar el cuadro- me quemo la lengua. Y me despide con una sonrisa y una reverencia tan ceremonial como la que me dedicó al recibirme. Pero esta vez me llega como un flash una imagen de alguna vieja película de Fumanchú, de sutiles torturadoras chinas, de botas malayas y gota a gota en el cerebro. Y, claro, le doy propina.

Cuando salgo del local y vuelvo a ver el mar, me siento cargada de energía y de bienestar. Quién no, después de haber sobrevivido a las garras de esas dulces muchachitas.

(No seais tímidos/as. Si quereis la dirección, pedídmela. Todos tenemos un masoca en lo profundo)

2 comentarios:

Ancheta dijo...

Estos masajes deberían ser obligatorios. A sufrir también se aprende.
Me alegra volver a leerte. Saludos cordiales.

Nekane dijo...

Ojalá ese fuera el único aprendizaje de dolor que tuviéramos que superar.